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Conocerse por escrito

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Un encuentro epistolar entre Inés Garland y David Almond durante el Filbita 2017

“¡Que raros somos, ya nadie escribe cartas!
Es cierto pienso.
Somos dos y estamos fuera del tiempo.”
(Alejandra Correa, Si tuviera que escribirte)

Mi propuesta era la siguiente: acompañar, como testigo silenciosa, un intercambio epistolar entre dos escritores gigantes: David Almond e Inés Garland. La actividad consistía en que estos dos autores, Inés desde Buenos Aires y David desde Inglaterra, intercambiaran cartas/mails durante el mes previo al festival. Después, en el panel que tuvo lugar el 24 de noviembre en la Alianza Francesa, hubo una mesa de lectura y conversación.

Creo en los vínculos que se establecen desde la palabra.
¿Y qué pasa cuando esa palabra circula entre lenguas?

Cuando era chica y escribía una carta, pensaba que sería genial que llegara al instante a la persona con la que deseaba comunicarme… Pero también me fascinaba la magia de que, de pronto, una carta escrita en Argentina llegara a Inglaterra (donde mi prima estaba) a los diez días, y yo pasaba mucho tiempo mirando esas fechas. Sobre eso, Inés contó que cuando era pequeña, nunca pensó en que una carta llegara al instante, que la idea que una carta atravesara cielo, tierra, que volara sobre las montañas la atraía.

Volviendo a mis pensamientos, cuando Ray Tomlinson inventó el e-mail y cumplió, sin saberlo, mi deseo de “niña escribidora”, sucedió que finalmente las palabras escritas para una persona sortearon las distancias y, en un click, están en las manos del destinatario.

Me gusta y celebro esa instancia de intimidad con uno mismo que conlleva el sentarse a escribir una carta para otro, para otra. Se genera un espacio de profundidad en el decir, habilitando otros tiempos que a veces la inmediatez de la oralidad no propicia. Y me encantó ser ojo atento e invisible en este cruce.

La propuesta entonces fue que el intercambio tuviera, como hilo invisible, la temática que atravesó al Filbita en esta edición: el crecimiento, pensando de qué modo la literatura anduvo cerca-entremezclada-metida en los cambios que el mismo fue generando. Desde su experiencia como lectores, como autores. En los procesos creativos. En esos momentos en los que algunas lecturas, y también algunas escrituras, fueron claves y dejaron sus marcas en el devenir de sus vidas. Porque si bien crecemos, hay momentos en los que uno parece tener conciencia plena de que algo ya no es más tal como lo conocíamos, que crecimos.

Como en los días previos a “tirar la primera piedra” había releído El hombre que no paraba de crecer, de Marina Colasanti, compartí un fragmento del libro con ambos:

«Su crecimiento, observó Gul, no era como el de un reloj que avanza siempre al mismo ritmo. No se podía prever. Tenía voluntad propia, un ritmo que se inventaba obedeciendo quién sabe a qué fuerzas.»Tal vez sea como una planta», llegó a pensar mirando los geranios de la ventana, que crece un poco hoy, un poco mañana, pero nunca lo mismo, dependiendo de la tierra y el viento, dependiendo del sol.»

Entonces invité a Inés a dar el primer paso, a lo que ella contestó encantada que sí, que con la idea de “sus palabras en un sobre que volara y atravesara montañas” se iba a poner a escribir su primera carta, incluso sabiendo que iba a llegar al instante. Y así fue.


PH: Fundación FILBA

La mecánica fue la siguiente: ellos se intercambiaban mails en inglés y yo los leía a ambos en castellano. Durante la mesa, cada uno leyó sus cartas en su idioma. A David le traducían al oído y en el momento los textos de Inés, y el público contaba con copias de las cartas de David en castellano.

Entre lecturas, escrituras, viajes, traducciones y nuevas lecturas se armó el diálogo.

En su brevísimo cuento “Reiterar”, Lydia Davis dio en la clave:

“Michel Butor dice que viajar es escribir, porque viajar es leer. Es una frase que podemos desarrollar: escribir es viajar, escribir es leer, leer es escribir, y leer es viajar. Pero George Steiner dice que traducir es también leer, y que traducir es escribir, como escribir es traducir y leer es traducir. Así que podemos decir: traducir es viajar y viajar es traducir.

Pero si lees cuando traduces, y traduces cuando escribes, escribes cuando viajas, lees cuando viajas y viajas cuando traduces; esto es, si leer es traducir, y traducir es escribir, escribir viajar, leer viajar, escribir leer, leer escribir, y viajar traducir, entonces escribir es también escribir, y leer es también leer, y más aún, puesto que cuando lees lees, pero también viajas y cuando viajas lees, en definitiva lees y lees. Y cuando lees también escribes, así que lees; y al leer también traduces, así que lees; así que lees, lees, lees y lees. El mismo razonamiento podría hacerse para traducir, viajar y escribir.”

Por estos territorios anduvimos y seguimos andando, porque sus ecos siguen resonando.

Ahora esperamos que se arme el libro de los intercambios epistolares, o que las cartas se publiquen online.

Gracias infinitas a Larisa Chausovsky y a María Lujan Picabea por la confianza y el convite. A Lucía Cordone por la traducción. Fue una alegría ser testigo silenciosa de este intercambio volador en medio de un festival que celebró la literatura y los encuentros.

En el transcurso del intercambio epistolar compartimos los siguientes fragmentos de “El salvaje”, de David Almond, y de “Piedra, papel o tijera”, de Inés Garland.

“El salvaje me observó mientras yo me daba cuenta de qué significaba aquello; mientras yo me daba cuenta de que el salvaje me había dibujado mucho antes de que yo hubiese empezado a escribir sobre él.

-¿cómo puede ser?- susurré, al salvaje, a mí mismo.

El gruñó. Cogió unas plumas de pollo de su pelo y me las puso en el mío. Me frotó la cara con la suciedad de sus manos.

-¡Agh! -dijo.

-¡Agh! -respondí-¡Agh! ¡Agh!

Dio una patada en el suelo en el suelo y yo di una patada en el suelo. Gruñíamos mientras dábamos patadas al suelo y supe lo que se sentía al ser el salvaje. Al ser verdaderamente indómito.»

El salvaje: David Almond. Il. Dave Mc Kean. Traducción de Gonzalo Quesada. Astiberri, 2008.

De Piedra, papel o tijera:

«Nos dimos cuenta de la creciente cuando ya no había nada que hacer. Era como si el río hubiera decidido crecer de repente y hubiese avanzado sobre la tierra en absoluto silencio, traicionero, con el propósito imperturbable de llevarse a Lucio. Carmen fue la primera en darse cuenta y pegó un grito. Yo levanté la vista de una madera que estaba dándome un trabajo especial y vi enseguida lo que había pasado. Creo que también grite. Carmen ya estaba en el suelo, corriendo hacia el bote. El cajón había desaparecido.

Papá dijo después que él salió a la galería cuando escuchó mis gritos y que vio como yo desataba el cabo y cómo Carmen empezaba a remar antes de que yo me subiera al bote. Yo ya tenía un pie sobre el tablón de popa y el bote se separó de la tierra con brusquedad. Grité. No sé si fue el bote o la tierra lo que se escapó debajo de mis pies primero, pero me caí al agua con las piernas abiertas y un dolor intenso en la ingle. Carmen dejó de remar y por un momento no supo qué hacer. Me aferré al borde del bote y me trepé chorreando. Papá, desde el muelle, nos preguntó qué pasaba. Carmen había empezado a llorar y yo temblaba tanto que no atinaba a contestar.

– El río se llevó a Lucio- dijo Carmen.»

Piedra, papel o tijera: Inés Garland. Santillana, 2015.

Daniela Azulay
@azulaydan

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