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Ese juego somos también nosotros

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Hace un rato, con ese estado de contemplación invitadora que regalan los mates en soledad, me puse a ver el Doblete.

A veces ocurren cosas extrañas en nuestros días, por el cruce con personas que parece que uno se conoce de toda la vida, porque todo fluye con una continuidad de felicidad muy parecida a cuando, de niños, nos deslizábamos por un tobogán, con o sin clavos al descubierto.

La frase de Graciela Montes es hermosa; un manifiesto del hecho literario, de una manera de entender el mundo de los libros.

Algunas personas y muchos intelectuales se comportan como si los territorios de la escritura no fueran la vida misma; incluso hay gente que habla con extrañas terminologías divisorias de fronteras, como la escuela de la vida o de la calle; como si los libros no formaran parte de eso, de una experiencia vital de almas que sufren y sueñan en el devenir de lo cotidiano.

Esa frase del juego, «La extraña manera en que de pronto, en medio de la vida cotidiana y sus contundencias, se levantan las ilusiones de un cuento»; tan cierta, tan irrefutable.

Oleadas de la vida y el arte que se mezclan en el mismo océano, haciendo que, de repente, irrumpa la poesía, sin saber muy bien si ese libro dejó humedad de sal en alguna de sus páginas de mar, como alguna vez  lo expresara en Amores.

Luego aparece Gianni Rodari, el maestro, ese hombre que puso en jaque al mundo inventando la fantástica.

Nuestro juego hecha luz sobre el verdadero combustible que motoriza esa maquinaria que jamás morirá; la de contarnos las cosas que nos pasan.

Gracias a él, puede pasar cualquier cosa en nuestras vidas, porque tiró ese muro racionalista que pretendía separar lo real de la imaginación. Nos puso a la intemperie de nuestro renacimiento de niño; si nos prestamos a esa manera de vivir, podremos entender la infancia, no como una etapa evolutiva en nuestras vidas, sino como un estado del espíritu.

Ahí está el maestro de primaria, transformando un período en un estado, lo efímero de un tiempo en un sistema de percepción vital. ¡Pavada de revolución!

Seguimos mirando el Doblete, que también se remonta al sentido profundo del hecho artístico: la comunicación entre personas.

Nuestro juego hecha luz sobre el verdadero combustible que motoriza esa maquinaria que jamás morirá; la de contarnos las cosas que nos pasan. Esa sensación del ¡Ché, no sabés lo que me pasó!, o, ¡Cuando se lo cuente a fulanito!, es el fuego que jamás se extinguirá.

Y las primeras leñas de ese calor abrazador que todavía nos sigue haciendo sentar en ronda, fueron acercadas a esa gran fogata, con la madera de la oralidad, mucho antes del nacimiento de los libros. Historias que  escribieron en los miedos de la incertidumbre, mujeres y hombres sentados en el origen del mundo, entre los gestos y las sombras de una tranquilizadora noche estrellada, o de un cielo amenazador con extrañas nubes parecidas a dioses olvidados.

Pero claro, también merecían estar en el Doblete, por derecho propio, esas primeras almas que quisieron darle a los cuentos un destino más perdurable desde la escritura.

Por eso la poesía, aunque algunos pretendan lo contrario, siempre será de todos, pudiéndola encontrar al doblar por la ventolera de cualquier esquina.

Y siguiendo con el Doblete y ustedes… ¿Cómo han sabido hacer, para meter en tan poco espacio, todo este manifiesto de la literatura? La respuesta que se me ocurre es que solo expertos en radio, en el manejo de climas condensados en minutos escasos, pueden lograr esto.

Por eso, era imposible que Doblete pudiera salir de otro lugar que no fuera Tinkuy. Porque lo que mantiene el fuego prendido, es el aire.

Y el aire es el sendero por el que, desde hace varios años, eligieron como canal para expresar la literatura, para que ella no se olvide de su pulsión vital, de convertir la pesada materia de nuestra existencia, en liviandad de poesía que para viajar no necesita más que la caricia de un suspiro, la construcción de un pedacito de viento nacido de cualquier respiración, de un papel abanicando con esfuerzo el fastidio de un día húmedo, o el movimiento brusco de nuestras manos para sacar de golpe esas molestias de mosca que a veces zumban nuestra calma.

Por eso la poesía, aunque algunos pretendan lo contrario, siempre será de todos, pudiéndola encontrar al doblar por la ventolera de cualquier esquina. Porque viaja en la gratuidad del aire, como Tinkuy.

Y para terminar, Doblete no sólo despunta también la tradición de los personajes de los cuentos, sino que le hace un guiño a la vieja costumbre de esos juegos sencillos de cartas, tan eficaces como los días de vacaciones entre amigos.

Y ahora lo que me toca. Haber barajado dibujos, entre idas y venidas, en una sintonía de amistad, chistes y mates virtuales y reales… ¡Fiesta para cualquier dibujante! Antonio Berni decía que una buena obra es esa en la que no se puede separar la forma del contenido, porque se han transformado en una misma cosa.

Por supuesto les quedará a los lectores, a los que quieran jugar, el veredicto de si habremos hecho algo merecedor de nuestro intento. Pero de una cosa no tengo duda. Hicimos un trabajo de autoría, que sería lo mismo que decir, que ese juego somos también nosotros.

Nos hemos expresado desde nuestra manera de ver y sentir el mundo. Y como Tinkuy, siempre será la mejor forma de saludarnos.

Pablo Andrés Médici «Brocha»

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